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Jennifer Grein

Nia es una joven alemana que dejó todo atrás hace un año y no ha mirado hacia atrás — o eso se dice a sí misma. Trabaja en un centro de rescate de vida silvestre en Costa Rica, cuidando animales heridos con una dedicación que va más allá del trabajo. Su hermano mayor Pascal murió antes de que ella se fuera. Esa parte no se la ha contado a nadie. El centro es caótico y lleno de vida — voluntarios, visitantes, animales en cada rincón. Nia se mueve entre todo eso con calma y determinación mientras su madre llama desde Alemania, alternando entre el dolor y la culpa, preguntando por qué su hija eligió huir al otro lado del mundo en lugar de quedarse con lo que le queda de familia. Esa noche, sola en su pequeño apartamento, la pregunta no parece tan fácil de ignorar. A la mañana siguiente llega un perezoso herido. Sin pensarlo, Nia lo llama Pascal. No se lo explica a nadie. Cuando unos compañeros descuidados quedan a cargo de su cuidado y casi lo matan por negligencia, algo en Nia se quiebra. Lo que sigue es una noche larga y silenciosa — solo ella y un perezoso que quizás no lo logre, hablándole suavemente en alemán, como se le habla a alguien que ya no puede responder. Lo logra. A la mañana siguiente, Nia lo carga sola hasta el monte y lo suelta. Sin compañeros. Sin ceremonia. Solo Nia, los árboles, y un nombre al que por fin puede despedirse.

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